Mis ojos se cierran, caen mis parpados pesados por el hastió, mi mente se posa perezosa sin nada más que añadir por hoy. Frágilmente mi cuerpo se convulsiona, pierdo el control de mis capacidades motoras, cuello hundido, hombros hacia fuera, brazos cruzados. Es una posición perfecta para no perder ni una pizca de calor. Cansadamente muevo el brazo, alargo la mano y mis dedos se cierran débilmente sobre una taza, regalo de un viejo amigo que se perdió en el camino. Abriendo un timorato ojo la examino; su color otrora época blanco brillante, ahora solo queda un mate, recuerdo del tiempo y de la cantidad de liquido que ambos hemos visto pasar. Un dibujo lo embellece únicamente, la silueta contorneada en negro de un “gremlin”, que me hace recordar otros tiempos, y la importancia de las reglas. Jugueteo con ella en mis manos, dejo que el calor que desprende desentumezca mis músculos, la acerco lentamente a mis labios, paro un instante, el justo, para que la esencia y el aroma impregne mis sentidos. Prosigo el camino hasta llegar a mi boca, y rápidamente sin pensarlo, doy un buen trago a la bebida. El amargor, la energía y el calor, hacen que mi cuerpo imbuido en un letargo despierte rápidamente, un azote de nueva vitalidad hace a mi mente reanimarse y prepararse fugazmente. Mirando una vez más a la taza, pienso en el café, y a mi mente vienen preguntas tales como. ¿Qué? ¿Quién? ¿Por qué?
Hace mucho tiempo un joven pastor, salió con su rebaño como cada día hacia, con la idea de que pastaran y bebieran agua, este joven al que llamaremos Antonio (oficialmente su nombre era Kaldi, pero como narro yo, he preferido un nombre más…”de barrio”) tenía que alejarse varios quilómetros de su casa, pues estos maravillosos animales devoran la vegetación rápidamente lo que le obliga a no poder repetir camino. Una mañana tomo un rumbo que le acercaba a una gran montaña, todo parecía ir de maravilla, pero mientras el silbaba jovialmente y jugueteaba con un palo, escucho el ruido del entrechocar de dos piedras, se apresuro al lugar del cual provenía el ruido, y vio a varias cabras peleándose a cornazos limpios, a otras subidas a rocas altísimas, algunas estaban corriendo en circulo e incluso otras estarán intentando aparearse entre ellas sin mucha suerte y sin tener en cuenta los sexos de los individuos… Antonio escamado por el extraño comportamiento, vio, que gran parte del grupo de cabras estaba bien, y que masticaban tranquilamente hiervas y frutos de un extraño arbusto, se acerco y probo los frutos, parecidos a las cerezas pero más duros y amargos, y sintió tras ingerirlos una refulgente nueva energía lo que hizo posible que encauzara a sus animales de camino a casa.
Hace mucho tiempo un joven árabe, en peregrinación topo un día con un extraño árbol, en el cual por pajarillos cantaban diferente, como más fuerte, con más musicalidad. Este joven al que nombraremos Lolo (léase la primera leyenda para entender este nombramiento) decidió probar el fruto del árbol, y se noto revitalizado, con este nuevo fruto, se propuso cruzar el desierto, y vaya si lo consiguió. En cada pueblo que paraba o cada aldea que visitaba, encontraba una utilidad nueva para el fruto que había encontrado. Así fue que Lolo se dedico a hacer milagros usando el fruto que según él, Alá le había mostrado.
Hace mucho tiempo, un joven monje, estaba recogiendo hierbas medicinales y raíces para el uso del monasterio en el cual vivía. Este monje, al que pondremos de nombre Alberto, encontró un arbusto que no conocía, y decidió que tomaría sus frutos para hacerse una infusión o cocinar. Ya en el monasterio, mientras guardaba las hierbas recogidas, le apeteció algo caliente, y pensó en hacerse una infusión con el fruto que había descubierto. Calentó agua y le añadió los frutos, tras esperar unos momentos lo probo, estaba horrible, amargo y desagradable, así que lo escupió y tiro el contenido de su vaso al fuego. Pero algo paso, los frutos empezaros a quemarse y desprendían un aroma genuino al tostarse, semejante olor brotaba del fuego, que varios monjes atraídos por él, se acercaron a la cocina. Tras esto, Alberto decidió darle otra oportunidad a la infusión, eso sí, antes tostó los frutos.
Hasta aquí las leyendas, si que podemos saber, que la bebida sin la que más de uno de nosotros no sería capaz de empezar un día, oficialmente empezó a cultivarse por el siglo X en Etiopia, y es a la marcha de este ejercito cuando se empieza a comerciar con él. Si a esto le unimos la expansión del islam y su prohibición de tomar alcohol, tenemos un momento optimo para la expansión de bebidas energizantes sin alcohol. En el siglo XV el café pasa a Europa que intentamos aclimatarlo y cultivarlo, pero es imposible debido a la altura, humedad y suelo, deprimidos los europeos, nos vemos obligados se seguir comprando café al Turco. Por el XVIII se lleva el café a América, el cual gracias a sus características, se convertirá en el mayor productor mundial actual…
No existe versión oficial sobre el descubrimiento del café, yo lo achaco al hambre, el último recurso de un ser humano hambriento, mas solo es mi humilde opinión, no obstante, si pudiera elegir, me quedaría con alguna leyenda extraña e increíble, en este país de realidad, en este tiempo de empírica, hay pocos que aun sigamos luchando contra molinos de viento. ¿Por qué no? No hablo de mentir, sino de embellecer la verdad, adornar la realidad, redecorar la historia. No es lo que todos buscamos al leer un libro o al ver una película, sacudirnos el aburrimiento y despertar nuestra imaginación, soñad y creed, puesto que un hombre que no sueña, no es como un pez que teme al agua y aquel que no cree en nada, rema en círculos aunque tenga claro su destino.
Jose Antonio Barragán Sánchez











