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	<title>El Chef del Mar por Ángel León &#187; Fernando Huidobro</title>
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	<description>Blog de Ángel León, Chef del Restaurante Aponiente en el Puerto de Santa María, uno de los Chefs Españoles de máxima actualidad.</description>
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		<title>Oda a Inés&#8230; Inés Rosales esa torta con la que crecimos&#8230;</title>
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		<pubDate>Sun, 13 Dec 2009 19:40:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ángel León -Chef de Aponiente-</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-480" title="Ines Rosales" src="http://www.chefdelmar.com/subidas/ines.jpg" alt="Ines Rosales" width="500" height="282" /></p>
<p>De pequeño cuando aún creía, bendita ilusión, en los Reyes Magos y Papa Noel y creía también, maldito error, que la vida era jugar y comer, cada vez que mi madre ponía en mi mano uno de esos redondos y planos paquetitos sonoros imperfectamente envueltos, tenía la sensación de que recibía un regalo. Mi infantil fantasía y Dª Inés Rosales obraban el milagro de transmutar cada merienda en la feliz y alegre experiencia de tener entre mis manos para mí solito aquel capricho, contemplarlo y albergar la segura esperanza de que, tras abrirlo, iba a disfrutar como el niño que era de aquélla hojaldrada, finísima, tostada, crujiente y azucarada, irregular y abultada torta que una buena y desconocida señora mandaba desde un ignoto y remoto lugar llamado Castilleja de la Cuesta. ¡Caramba! Vivir en un castillo, rodeado de cuestas por las que chorrarse y comiendo esas maravillosas tortas a todas horas ¡que potra tenían los hijos de Dª Inés!</p>
<p>Pasados los años y obligados por ellos a abandonar desgraciadamente todas esas infantiles fantasías, la cruda realidad hace acto de presencia: los castillos son ahora abandonadas, quietas e inhabitables ruinas y las cuestas no hay ya piernas moras o cristianas que las suban. Todo cambia a nuestro alrededor, no hay forma de reconocer el entorno y la nostalgia nos invade. Todo deja de ser lo que era. ¿Todo? No, no todo se ha perdido, hay cosas que permanecen, que quedan inalteradas, que son valores seguros que podemos trasmitir a nuestros hijos con confianza y seguridad. Una de estas pequeñas e intrascendentes, sí, pero importantes cosas que hacen la vida más placentera y agradable, son las tortas de Dª. Inés a quien yo desde aquí imploro no nos prive de su hidalga compañía, para no tener que arrancarnos el corazón por tenorio desamor y seguir disfrutando de ellas quién sabe si incluso en el más allá.</p>
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		<title>Soy un Conchúo&#8230; Textos de Fernando Huidobro &#8230; Brutal!!!</title>
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		<pubDate>Sun, 18 Oct 2009 22:32:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ángel León -Chef de Aponiente-</dc:creator>
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Me ha dado por recolectar conchas marinas. Consciente de que es una afición curiosa cuando menos, la acepto sin más. Al fin y al cabo es una perturbación leve e inocua que ningún mal hace a los demás y mucho bien a mí. En mis largas andaduras playeras me entretengo en esa tarea entregándome a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: left; padding: 3px;"><img class="alignnone size-full wp-image-300" title="Conchas " src="http://www.chefdelmar.com/subidas/Conchas.jpg" alt="Conchas " width="500" height="276" /></div>
<p>Me ha dado por recolectar conchas marinas. Consciente de que es una afición curiosa cuando menos, la acepto sin más. Al fin y al cabo es una perturbación leve e inocua que ningún mal hace a los demás y mucho bien a mí. En mis largas andaduras playeras me entretengo en esa tarea entregándome a ello con tenacidad y deleite. Y hago algo de ejercicio aunque sea a costa de mis riñones. Las selecciono por sus colores y sobre todo por su pulimento. A las nacaradas les doy especial mérito. Me fascina pensar en los avatares que cada una de ellas habrá tenido que pasar desde que su último morador, y primero quizás, pereciera o la abandonara: cuántos revolcones, cuánto rodamiento, cuánto ir de acá para allá, cuántos golpetazos de mar, cuántas olas rotas antes de ir a dar con su gastada osamenta en la arena de la orilla por donde pasea un loco conchúo como yo que las recoge, las mima y les da casa y cobijo. Bien merecido lo tienen. Las reúno y apilo en elegidos recipientes de mármol o cristal y las deposito en el poyete del baño. Cada mañana, durante la larga ducha reparadora, las contemplo, toqueteo y recoloco, recuerdo dónde las encontré y siento cómo una fresca y salada brisa marina invade el ambiente, alivia mi mente y refuerza mi propio caparazón que he de convertir en coraza antes de salir ahí fuera al salvaje mar de la vida.</p>
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