La Madre de la Mar
Si desde que el mar es mar lo hubiéramos recogido en una descomunal barrica, el poso sedimentado en su fondo durante millones de años sería la Madre de la Mar. Eso es el fitoplancton: organismos vegetales y pelágicos que zozobran flotando en ella errantes y a la deriva. Es el verdor del alma, el meollo, de la mar serena. Tomémoslo pues con calma.
He tenido el placer de presenciar y conocer in situ cómo evoluciona la vida marina desde la invisibilidad y cuasi inexistencia de los primeros y más básicos microorganismos vivos, hasta la patente y oronda figura atociná de una lubina de tres kilos pegando coletazos. Sólo hay un primer/último secreto: el plancton. Es la primera papilla, pero también el chuletón, de cuantos seres habitan la mar océana. Es el origen de la vida. Y también su sustento. O sea, ná.
Observar en directo y conocer en unas horas, del tirón, cómo y por qué, resumida y condensadamente, se produce esta evolución, es un tremendo shock que te deja grogui, anonadado e idiota. Es alucinante percatarse de cómo, a partir de estas plantas vagabundas, la naturaleza se abre camino.
He tenido el privilegio de seguir de cerca, tête a tête, cómo se desarrolla una idea, una obsesión, en la muy humana mente de mi amigo Angel León. Esa cabeza, ese crack andaluz. El padre putativo del invento. Desde la inicial sorpresa del conocimiento de este fenómeno natural y el desnorte de las subsiguientes y vacilantes ocurrencias, hasta el eureka final del fenomenal descubrimiento de este nuevo producto alimentario: el planctum. Sólo hay un primer secreto: la curiosidad. Esa cualidad innata en el hombre, mucho más desarrollada en él, que es el origen del placer, la filosofía y la ciencia. También, según dicen, de la muerte del gato. Sólo hay un último secreto: la pasión. Acción y pasión.
Estar en las trincheras, participar y compartir en comunión durante un tiempo, cómo y por qué, a qué ritmo, se va produciendo esa evolución mental y empírica, del silencio a la euforia, es una brutal experiencia, un cuelgue emocional que llena de satisfacción. Es fantástico darse cuenta de cómo, a partir de esas ideas errabundas, la mente humana se abre camino.
Hoy día aquella ilusa precariedad es una realidad y un mareo gastronómico. Habemus Planctum: una gelatina marina, verde como el alga verde. Un marisco vegetal. Ya podemos comernos la mar a cucharadas, darle bocados a la realidad del mar, dejar que la salud marina pura entre en nuestro organismo. Conlleva la esencia de la nutrición y la sanidad. Su versatilidad proporcionará a los cocineros platónicas posibilidades planctónicas, vertiginosas e infinitas. A mares. Es el garum del siglo XXI. ¡Mecachis en la mar salada!
Permanezcan atentos que esto trae mar de fondo. No cambien de medio. Volvemos con la resaca.


