La paciencia es una virtud dicen los sabios, y los no tan sabios. Lo bueno se hace esperar, tiempo al tiempo, paciencia joven padawan, etc. Con todo esto solo deseo pedir disculpas por el retraso en este post, pues era mi intención que se hubiese publicado bastante antes, pero para eso, primero hay que convertir ideas y recuerdos que habitan en mi cerebro, en bellas y sensacionales palabras. Pero cuando mi pequeño mundo se convulsiona repentina y fortuitamente, es complicado tener la claridad suficiente para traducir textos del “Barragán” al español. Sin más, solo decir que lo siento, y que espero sepan perdonarme.
La primera vez que escuche la idea de “Madrid fusión” me pareció atrayente, pero lejana, como el día de reyes o navidad, algo significativo, pero que pasa una vez al año y tarda en ocurrir. No obstante, era mi primera vez, estaba ansioso y muy ilusionado. Contaba los días y las noches, solo pensaba en lo que me podía ofrecer todo aquello, cierto es que no visitaría la “feria”, no, más bien iría a trabajarla, pero el trabajo nunca me ha asustado, y como dice mi santa madre. “a lo tonto, no le quites lo valiente”, vamos que iba a conocer a mucha gente y tendría oportunidad de darme una vuelta y ver a viejos amigo.
Bueno, dejo ya de irme por las ramas, y paso a relataros nuestro viaje y vivencias en dicho evento, Madrid fusión; pero ahora que lo pienso, la realidad no haría justicia a lo vivido y lo sentido, no, vamos a necesitar una pequeña ayuda para hacéroslo entender, veamos, “si, ¡ya!”.
Sentado en mi butaca, pegado a la ventanilla del avión, con “miguelito” a mi lado, Juan y Paco delante, imaginaba nuestro viaje a bordo del “Argo” como majestuosos argonautas:
Henos aquí, lejos de casa, tan solo un puñado de hombres, nuestra misión, alcanzar la Cólquida y una vez allí, conseguir el mayor de los trofeos, “el vellocino de oro”. Grandes peligros nos acecharan a cada paso y terribles enemigos nos esperan para destruirnos. Tan solo un barco y un puñado de hombres, si, pero no solo un barco, sino el mejor de los barcos hasta ahora construido, perfeccionado por su constructor, la obra de su vida. En cuanto a la tripulación, buenos soldados y mejores marineros, dispuestos a todo por el triunfo de esta expedición.
Tras varias horas de viaje, sin siquiera dormir, cansados y con ganas de avistar puerto, divisamos la cólquida, pero cuál fue nuestra sorpresa al ver que no teníamos mapa de la misma, nuestro tripulante había hablado con los cartógrafos, y estos aseguraron que iba a bordo, pero no. Decidimos seguir navegando rumbo norte, con la idea de quizás así, encontrar el puerto donde atracar y descansar por fin, Fuimos obligados a dar varias vueltas, rectificar nuestra dirección multitud de veces, escapando de arrecifes, fuertes oleajes y remolinos marinos. Decaídos y casi sin fuerzas, El propio Jasón tomo la decisión de pedir ayuda a Eolo, hijo de Poseidón y señor de las mareas:
“Eolo, oh, dios, ayúdanos a encontrar el puerto antes de que sucumbamos a la congoja y perezcamos en este mar extraño”
Eolo, se mostro clemente y les enseño en camino seguro hacia el puerto. Ya en puerto, los argonautas, disfrutaron la mañana de la cólquida, su comida, y parajes, se maravillaron ante la inmensidad de sus construcciones, y saborearon un café en un “Starbucks”. No obstante, no podían entretenerse mucho, pues su misión continuaba, así dejaron el argo a buen recaudo y continuaron a pie, sin miedo y con valor.
Los argonautas llegaron a un viejo templo, majestuoso, allí debían de conseguir un artilugio, una especie de llave que les permitiría continuar su aventura. Sin embargo, ese “pase” era custodiado por un ser maligno, despiadado y cruel como ella misma, una “arpía” una especia de mitad mujer, mitad cuervo. Ella era la guardiana del pase, y protectora del templo de las “acreditaciones”. Los valientes argonautas, se lanzaron al ataque, intentando por todos los medios acabar con ella y conseguir el objeto, la golpearon, la insultaron, la amenazaron, la sedujeron, pero nada, como súcubo del averno, se resistía a todo con un encanto deplorable y muy malas formas. Esta vez fue Acasto quien se encomendó a Hera.
“Oh Hera, diosa del matrimonio, dinos como acabar con este vil demonio”
Hera les entrego una red, construida por los antiguos habitantes del templo de las acreditaciones en el que vivía la arpía, unos amos a los que debía servidumbre. Con esa red, consiguieron reducir a la arpía, la cual no salió tan mal parada, como un servidor hubiese querido…en fin, consiguieron el pase y siguieron su rumbo.
Nuestros aventureros atravesaron desiertos y bosques, pero fue al pasar por una bahía cuando un sonido dulce y armonioso llego a sus oídos, eso los embauco y sedujo. ¡Sirenas! Bellas y encantadoras, pero algo era distinto a como los argonautas se lo imaginaban, estas sirenas nos eran conocidas, pues ya en otros derroteros nos vimos con ellas, no eran esos seres de pesadillas que narran las leyendas ignominiosas, estas eran bellas damas, jóvenes de piel dorada escamada por el sol de occidente, de cálida sonrisa, no diré mitad pez, pero sí que por sus venas circula sal marina. Estas musas de ensueño, chicas de “Aires“nos acompañaron y ayudaron en nuestro viaje, facilitando nuestro cometido, agilizando la marcha y haciendo más llevadera muestra lejanía de casa y nuestro mar.
Tras tres días de duros combates contra grandes enemigos, tras descubrir antiguos dioses, encontrar viejos amigos y algunos nuevos, los argonautas atisbaron el vellocino, justo premio para tal hazaña. Con este en sus manos y con sus corazones henchidos de orgullo por la prueba superada, empezaron el camino de vuelta a casa, a su Ítaca particular, pero esto, es otra historia…
Tiempo nos separa de esos argonautas, de ese premio, el vellocino, aunque quien diría que realmente no era físico, pues no existía para ser palpado, ¡ya!, lo sé, he dicho que lo consiguieron, y así fue, todos se lo llevaron en su pecho, un sentimiento de triunfo, de victoria, de haber ganado una batalla contra uno mismo.
Presentábamos una ginebra magnifica “Fifty pounds” no hace falta que yo la ensalce, cualquiera de sus distribuidores, creadores, destiladores o consumidores, lo haría mejor que yo. Nosotros, como Aponiente, solo mostrábamos una manera distinta de prepararla, arriesgada quizás. Más somos gaditanos, y como tales, nuestra vida ha estado marcada por el mar, el cariño hacia él, el respeto, el miedo. La sal marina, que nos da los buenos días por la mañana al asomar la cara por la ventana, la misma que oxida nuestros coches cuando el viento de poniente la hace estrellarse contra ellos, esa es la sal que nos marca como individuo distinto a los demás, esa es la sal que vemos en cualquier cosa, y la misma que nos falta en todo. Solo queríamos llevar un poquito de esa sal a todos. También sé que muchos miraban extrañados y gritaban; “¡verde!”, si, verde, el color de la esperanza, nuestra sangre es roja, la sangre del mar verde, y como amante de la mar, llevo orgulloso ese color en mis venas y mi alma.
Dedicado con amor, gratitud y respeto a:
-Sergio “chef wear”, porque eres el mejor, y sin ti, Ronaldinho no llamaría al restaurante para reservar.
-Alma vinos únicos, Cesar y Sr. Berruti, buen champagne, gracias por colarnos en la fiesta y gracias por hacer posible las fotos con los cracs de la viticultura. Por cierto, nunca me aburro con vosotros.
-Aires news comunicación y chicas news, gracias por ser nuestras encantadoras sirenas, y soportarnos toda una velada y toda una temporada, que se que tenemos “tela”.
-Fifty pounds, Sánchez Romate, Marcelino y todos los demás, gracias por confiar en nosotros, gracias por arriesgaros, gracias por creer en el proyecto, gracias por ayudarnos, gracias.
-Marta de la organización de “Madrid fusión” que se lo “curró”, es la primera comercial que me topo, que trabaja casi más que yo.
- Y a todos esos locos del universo, contagiados al igual que nosotros, de la felicidad culinaria y del delirante arte del buen beber, que recorrieron decenas, cientos o miles de quilómetros, para probar una ginebra diferente, de una forma diferente. Gracias, vosotros hacéis que todo valga la pena.
Jose Antoinio Barragán Sánchez